oubli
Esto lo escribí el 3/3/2017 y lo vengo a publicar en Noviembre dándome cuenta otra vez que mis nostalgias y desamores siempre caen en esta misma fecha.
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Eran los pájaros ¿sabes? los que nos recordaban, ellos se posaban todos los días en el mismo cable, en la misma calle y nos veían pasar, cogidos la da manos, dándonos un beso, apretando nuestros puños. Ellos se preguntaban donde estábamos, que había hecho el tiempo con nosotros, si el mundo nos había deslizado hacía otra esquina en alguno de sus 8760 giros diarios que daba al año sobre sí mismo. El sol se escondía y la luna rebotaba desde el atardecer en un rincón del cielo llamando la atención, no era muy partidaria de las personas que caían al suelo a media noche sin notar su presencia, ella prefería que le escribieran una canción, que con guitarras, de rodillas, con plegarias desesperadas le rogaran por un mejor día, nadie le pedía al sol por una noche mejor, todas las peticiones iban directo hacía la luna, la luna alegaba que si Méliès había tenido tanto éxito con su rostro era por que había sido el único en entender que ella estaba cargada de sueños, que como proyectiles se estampaban contra su rostro y le aumentaban el peso. Mensajera de tantos poemas de amor que los pájaros, esos que nos recordaban, recitaban en clave morse, o con sus propias melodías, los humanos nunca llegamos a entender este ciclo vicioso de poesía y fanatismo cruel hacía lo melancólico y lo nostálgico que tenía la luna.
Los noviembres se disfrazaban de fragmentos de tristeza que la luna iba coleccionando durante el resto de los meses del año, todo lo depositaba en el viento, y el viento te encontraba a vos y me encontraba a mi, pero extrañado ya no nos veía a nosotros, y depositaba toda la tristeza en los espacios vacíos de las almas solitarias, nunca creyó tener que llenar nuestros vacíos. Vos te ocultaste en vicios, en momentos oportunos, en esquinas diferentes en manos más toscas, vientres más planos, senos sin curvas, intentando rellenar los vacios con placeres y extravagancias para que el viento pasara desapercibido a tu lado ignorando tu hueco corazón. Yo me di la oportunidad de sufrir, y lloré tu amor y los amores pasados y las penas futuras y las frustraciones y los desencuentros, lloré por vos y por muchos más, iba dejando vacíos tan grandes que el viento le pedía al tiempo que se apurara para que ya no fuera más noviembre y la luna dejara de entragarle todas sus tristezas. Tristezas que no eran de ella, tristezas humanas, tristezas de pieles y almas rotas que caían sobre su lomo desnudo "las tristezas se deben sufrir para que se agoten, y las debe sufrir quién las siente no quien las escucha" decía la luna, y el viento depositaba tristezas en corazones vacíos entre ellos, el mio.
Llegó diciembre gateando entre los arbustos y pude volver a respirar con la misma energía de los pinos, sí, los pinos, su discreción y elegancia los alejaba de los problemas terrenales, respirarlos sanaba las tristezas, respirarlos re-moldeaba el corazón, a formas exquisitas, a formas amorfas "más reales" decían. Los Pinos no te conocieron a vos, yo los respiré, los respiré todo diciembre mientras caían las cenizas del ayer, la nieve blanca que los viste y los arropa del calor, la nieve, ceniza de tristezas, cubre todo.
Las huellas que se iban imprimiendo en cada recorrido dejaban iniciales diferentes en su centro. El viento fue sanando mis heridas y reforzando mis lamentos. Vuelvo a la calle, bajo el cable donde se posan los pájaros que nos recuerdan y oigo sus poemas, que también son míos, escuchalos tu también, tienen tu nombre y tu apellido, tienen tus lágrimas y mis arrepentimientos, refuerzan tu cobardía y mis delirios.
Los pájaros nos recuerdan y desean no vernos juntos otra vez, ellos que recitan mis lamentos se compadecen, la luna me amenaza con noviembre mientras los pinos, cómplices van evaporando tu ausencia, ausencia que flota y vuela y viaja bordeando los ríos, esperando a marchitarse y volverse polvo donde pueda sembrar una flor que me tire besos y me deslumbre con sus colores.
Yo te recuerdo, te recuerdo con tu sonrisa y tus pronunciaciones torpes, con tu forma de caminar, tu olor en la mañana, con tus pasos desapercibidos y tu risa muda, con tus ojos llenitos de dolor, yo te recuerdo con tus manos fuertes y suaves, con tu pelo tieso, independiente, yo te recuerdo con tu amarillo regado por doquier, con tus manías y tus fobias, con tu gusto a cigarrillo envuelto y café.
Sí tan solo supieras lo que te dicen los pájaros.
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Eran los pájaros ¿sabes? los que nos recordaban, ellos se posaban todos los días en el mismo cable, en la misma calle y nos veían pasar, cogidos la da manos, dándonos un beso, apretando nuestros puños. Ellos se preguntaban donde estábamos, que había hecho el tiempo con nosotros, si el mundo nos había deslizado hacía otra esquina en alguno de sus 8760 giros diarios que daba al año sobre sí mismo. El sol se escondía y la luna rebotaba desde el atardecer en un rincón del cielo llamando la atención, no era muy partidaria de las personas que caían al suelo a media noche sin notar su presencia, ella prefería que le escribieran una canción, que con guitarras, de rodillas, con plegarias desesperadas le rogaran por un mejor día, nadie le pedía al sol por una noche mejor, todas las peticiones iban directo hacía la luna, la luna alegaba que si Méliès había tenido tanto éxito con su rostro era por que había sido el único en entender que ella estaba cargada de sueños, que como proyectiles se estampaban contra su rostro y le aumentaban el peso. Mensajera de tantos poemas de amor que los pájaros, esos que nos recordaban, recitaban en clave morse, o con sus propias melodías, los humanos nunca llegamos a entender este ciclo vicioso de poesía y fanatismo cruel hacía lo melancólico y lo nostálgico que tenía la luna.
Los noviembres se disfrazaban de fragmentos de tristeza que la luna iba coleccionando durante el resto de los meses del año, todo lo depositaba en el viento, y el viento te encontraba a vos y me encontraba a mi, pero extrañado ya no nos veía a nosotros, y depositaba toda la tristeza en los espacios vacíos de las almas solitarias, nunca creyó tener que llenar nuestros vacíos. Vos te ocultaste en vicios, en momentos oportunos, en esquinas diferentes en manos más toscas, vientres más planos, senos sin curvas, intentando rellenar los vacios con placeres y extravagancias para que el viento pasara desapercibido a tu lado ignorando tu hueco corazón. Yo me di la oportunidad de sufrir, y lloré tu amor y los amores pasados y las penas futuras y las frustraciones y los desencuentros, lloré por vos y por muchos más, iba dejando vacíos tan grandes que el viento le pedía al tiempo que se apurara para que ya no fuera más noviembre y la luna dejara de entragarle todas sus tristezas. Tristezas que no eran de ella, tristezas humanas, tristezas de pieles y almas rotas que caían sobre su lomo desnudo "las tristezas se deben sufrir para que se agoten, y las debe sufrir quién las siente no quien las escucha" decía la luna, y el viento depositaba tristezas en corazones vacíos entre ellos, el mio.
Llegó diciembre gateando entre los arbustos y pude volver a respirar con la misma energía de los pinos, sí, los pinos, su discreción y elegancia los alejaba de los problemas terrenales, respirarlos sanaba las tristezas, respirarlos re-moldeaba el corazón, a formas exquisitas, a formas amorfas "más reales" decían. Los Pinos no te conocieron a vos, yo los respiré, los respiré todo diciembre mientras caían las cenizas del ayer, la nieve blanca que los viste y los arropa del calor, la nieve, ceniza de tristezas, cubre todo.
Las huellas que se iban imprimiendo en cada recorrido dejaban iniciales diferentes en su centro. El viento fue sanando mis heridas y reforzando mis lamentos. Vuelvo a la calle, bajo el cable donde se posan los pájaros que nos recuerdan y oigo sus poemas, que también son míos, escuchalos tu también, tienen tu nombre y tu apellido, tienen tus lágrimas y mis arrepentimientos, refuerzan tu cobardía y mis delirios.
Los pájaros nos recuerdan y desean no vernos juntos otra vez, ellos que recitan mis lamentos se compadecen, la luna me amenaza con noviembre mientras los pinos, cómplices van evaporando tu ausencia, ausencia que flota y vuela y viaja bordeando los ríos, esperando a marchitarse y volverse polvo donde pueda sembrar una flor que me tire besos y me deslumbre con sus colores.
Yo te recuerdo, te recuerdo con tu sonrisa y tus pronunciaciones torpes, con tu forma de caminar, tu olor en la mañana, con tus pasos desapercibidos y tu risa muda, con tus ojos llenitos de dolor, yo te recuerdo con tus manos fuertes y suaves, con tu pelo tieso, independiente, yo te recuerdo con tu amarillo regado por doquier, con tus manías y tus fobias, con tu gusto a cigarrillo envuelto y café.
Sí tan solo supieras lo que te dicen los pájaros.
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