Había llovido por la tarde y el piso estaba seco
Caminábamos cogidas de la mano, en un imaginario real, donde las baldosas se convertían en sillas y cruzábamos las piernas para que no se nos vieran los calzones. Habíamos recorrido calles, conocido rostros, escuchado voces y una guitarra que se alejaba mientras cruzábamos la esquina para llegar donde la gorda estática que no se cansaba de posar. Habíamos saciado las ganas de comer chocolate, arequipe, y cuan antojo tuviéramos, ahora nos disponíamos a esperar. En un eterno acto de presencia que termino por encasillarnos en un andén que nos sostuvo, mientras discutíamos sobre el amor, sobre la validez de lo inválido, las morales y lo poco que nos quedaba para dejar de vernos. Los amores imposibles, los que se iban y nos iban dejando huellas en el corazón. Los imaginarios que coexistían en un mundo paralelo que esperábamos poder traspasar, éramos como el viento, inestables.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
De repente una hora se convirtió en mucho tiempo y me dijiste que te querías ir, que no resistías mas el tiempo, que te succionaba, que te llamaba otro lugar ajeno al nuestro, decidimos caminar, mientras moldeábamos el futuro con historias, mientras la imaginación rebotaba en los collares colgados de los brazos de quienes nos veían pasar, mientras escuchábamos "ángel" en el bar y finalmente nos sentamos con la crespa que empezó a dibujar una historia que no ha terminado de contar.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Después de rebajas de 500 por un chicle, después de resolver cuanto se necesitaba para sostenerse en los dos pies sin riesgo de caerse, después de entender las intenciones, las miradas, aprendimos que juzgar era de ignorantes y que la vida nos marcaba más de lo que pensábamos. Era nuestra cicatriz que intentábamos curar y muchas veces otros tienen la herida muy grande.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Yo había escuchado las palabras mientras veía la flor que estaba en la mitad de la camisa de la crespa, yo había mirado las caras, la sonrisa y había escuchado al corazón, había ignorado a la impaciencia, nos habíamos sentado mirando sorprendidas los colores que se mezclaban en hilos, que se colgaban en el piso que se prendían de un terciopelo negro que parecía no ser suficiente para darle de comer a la crespa.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Distracciones momentáneas, hombres que distraídos se pegaban en la cabeza con la parte superior de una puerta que se niega a dejarlos entrar. Risas inoportunas que intimidaban las caras de la victima, que con camisa verde y pelo esponjado salía dándonos la espalda mientras cambiaba el moreno a rojo y se tapaba la cara mientras se reía en silencio. Y nosotras hacíamos ecos de risas que se filtraban en las paredes, que regresaban, que se sentían.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Teníamos que dejar de pensar que todo podía ser verdad y le pusimos "ON" a la imaginación para dibujar los televisores cavernícolas, la lavadora y el computador que traía cartillas de los colores mas usados mundialmente. Todos ayudan, pero al final, nadie se detiene a pensar y entender que muchas veces ganar es ayudar a perder.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
los celulares se habían quedado estáticos, junto con las caras de asombro de nosotras que no dejábamos de enredarnos en la historia, mientras entendíamos cada vez mas como la cicatriz se iba mimetizando y se camuflaba en deseos de seguir viviendo. Por que entendíamos que la felicidad estaba palpable y la crespa nos ayudo a tocarla, a sentirla con las manos, mientras sonreíamos y gritábamos.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
La crespa nos ayudaba a entender cada vez mas como era el proceso, como regalaba sonrisas por cada enhebrada de aguja, como tejía sueños y los convertía en pulseras, el valor de 5000 pesos. Éramos testigos de la realidad, estábamos mirando la parte de atrás del espejo, por que no son nuestras caras las que importan, es el fondo lo que nos impacta.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Y las cabezas seguían rebotando sobre la madera, que no les aseguraba un futuro placentero, pero nos regalaba minutos de risas, una mirada de reojo del compañero de la victima que esta vez siendo francesa nos había obligado al "excuse moi" que habíamos practicado tantas veces entre voces inexpertas, entre idiomas mentirosos a los que les agregábamos la "e" para convertirlos en verdaderos.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Yo quería aprender a volar como ella, por que estando sentada en el piso tocaba el cielo con las manos, por que la sonrisa que recorría mundos y disfrazaba verdades era la que atraía la vida honesta que se había dedicado a vivir, para que la herida sanara, para que la cicatriz se fuera encogiendo, para sentir cada vez que todo tenia sentido.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Revivieron los celulares devolviéndonos a "lo real" hora de decir adiós con un beso en la mejilla, dos fotos junto con la puerta que se negaba a dejarlos pasar, y las ganas de llegar hasta cualquier esquina cubana con los franceses que se habían atrevido a entrar.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
De repente una hora se convirtió en mucho tiempo y me dijiste que te querías ir, que no resistías mas el tiempo, que te succionaba, que te llamaba otro lugar ajeno al nuestro, decidimos caminar, mientras moldeábamos el futuro con historias, mientras la imaginación rebotaba en los collares colgados de los brazos de quienes nos veían pasar, mientras escuchábamos "ángel" en el bar y finalmente nos sentamos con la crespa que empezó a dibujar una historia que no ha terminado de contar.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Después de rebajas de 500 por un chicle, después de resolver cuanto se necesitaba para sostenerse en los dos pies sin riesgo de caerse, después de entender las intenciones, las miradas, aprendimos que juzgar era de ignorantes y que la vida nos marcaba más de lo que pensábamos. Era nuestra cicatriz que intentábamos curar y muchas veces otros tienen la herida muy grande.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Yo había escuchado las palabras mientras veía la flor que estaba en la mitad de la camisa de la crespa, yo había mirado las caras, la sonrisa y había escuchado al corazón, había ignorado a la impaciencia, nos habíamos sentado mirando sorprendidas los colores que se mezclaban en hilos, que se colgaban en el piso que se prendían de un terciopelo negro que parecía no ser suficiente para darle de comer a la crespa.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Distracciones momentáneas, hombres que distraídos se pegaban en la cabeza con la parte superior de una puerta que se niega a dejarlos entrar. Risas inoportunas que intimidaban las caras de la victima, que con camisa verde y pelo esponjado salía dándonos la espalda mientras cambiaba el moreno a rojo y se tapaba la cara mientras se reía en silencio. Y nosotras hacíamos ecos de risas que se filtraban en las paredes, que regresaban, que se sentían.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Teníamos que dejar de pensar que todo podía ser verdad y le pusimos "ON" a la imaginación para dibujar los televisores cavernícolas, la lavadora y el computador que traía cartillas de los colores mas usados mundialmente. Todos ayudan, pero al final, nadie se detiene a pensar y entender que muchas veces ganar es ayudar a perder.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
los celulares se habían quedado estáticos, junto con las caras de asombro de nosotras que no dejábamos de enredarnos en la historia, mientras entendíamos cada vez mas como la cicatriz se iba mimetizando y se camuflaba en deseos de seguir viviendo. Por que entendíamos que la felicidad estaba palpable y la crespa nos ayudo a tocarla, a sentirla con las manos, mientras sonreíamos y gritábamos.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
La crespa nos ayudaba a entender cada vez mas como era el proceso, como regalaba sonrisas por cada enhebrada de aguja, como tejía sueños y los convertía en pulseras, el valor de 5000 pesos. Éramos testigos de la realidad, estábamos mirando la parte de atrás del espejo, por que no son nuestras caras las que importan, es el fondo lo que nos impacta.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Y las cabezas seguían rebotando sobre la madera, que no les aseguraba un futuro placentero, pero nos regalaba minutos de risas, una mirada de reojo del compañero de la victima que esta vez siendo francesa nos había obligado al "excuse moi" que habíamos practicado tantas veces entre voces inexpertas, entre idiomas mentirosos a los que les agregábamos la "e" para convertirlos en verdaderos.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Yo quería aprender a volar como ella, por que estando sentada en el piso tocaba el cielo con las manos, por que la sonrisa que recorría mundos y disfrazaba verdades era la que atraía la vida honesta que se había dedicado a vivir, para que la herida sanara, para que la cicatriz se fuera encogiendo, para sentir cada vez que todo tenia sentido.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
Revivieron los celulares devolviéndonos a "lo real" hora de decir adiós con un beso en la mejilla, dos fotos junto con la puerta que se negaba a dejarlos pasar, y las ganas de llegar hasta cualquier esquina cubana con los franceses que se habían atrevido a entrar.
Había llovido por la tarde y el piso estaba seco.
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