La Marea


Se sentó en la sala sujetando la taza con orejas puntudas de gato que el día anterior casi le habían sacado los ojos. La despertó eso más que el café. Pensó en cómo se sentía el terciopelo del sofá a través de las mayas de sus medias, al volverse consciente de la textura se le erizó la piel y recordó que hacía frío y que los tacones no le iban a durar todo el día puestos sin entorpecer su paso, pero ya era demasiado tarde, el terciopelo no la dejaba pararse y sentirse un poco más alta era más necesario que caminar bien.

Recordó mientras pretendía escuchar las palabras de Jorge, que estaba sentado en la silla del frente, el olor a mar y sal que se sentía en los aeropuertos de la costa. Casi suelta una carcajada acordándose de la hilera de pasajeros con chaquetas, bufandas y sacos golpeados por la brisa caliente y densa al bajar del avión. Pensó que así se debía sentir golpearse con la realidad, caer en cuenta de algo terrible o despertar de un mal sueño.

Jorge no podía parar de mirarle las piernas y a ella le gustaba, encontraba en esos pequeños gestos una debilidad y comprendía la razón por la que el mundo, custodiado por hombres como él había fracasado como proyecto. Jorge le preguntó si había dejado todo claro, ella acento con la cabeza, sabía de qué se trataba esa inútil reunión, ya todo estaba hecho y ella había leído los papeles. Pero él había insistido en explicarle todo, “ya sabes, a veces a ustedes les queda un poco difícil entender este palabrerío oficial y es mejor que todo este claro, no queremos problemas” pero la sensación del terciopelo le había permitido quedarse, necesitaba un respiro y no quería apresurarse hacía el asfalto, a los huecos que eran como pequeñas objeciones que no le permitían estirar del todo el cuello y ver hacía adelante cuando caminaba.

Evadió sus miradas mientras bajaban en el ascensor, Jorge le rogó que la dejara llevarla pero eso acortaba la distancia de sus piernas a las de él en una cantidad determinada de tiempo que no estaba dispuesta a aguantar. Le dijo que iba a dos cuadras y que prefería caminar. Jorge se fue, se alejó lento, como si pusiera en duda sus palabras, ella caminó hacía el otro lado para perderse en la esquina, esperando a que desapareciera el carro y volver a su rumbo inicial.

Suspiró, a veces suspirar la relajaba, a veces le aumentaba los nervios, sabía que era ansiosa porque le costaba una simple tarea, tenía que tener cinco a la vez, de las cuales más de la mitad eran más perdida de tiempo que otra cosa, pero eran las que la hacían sentir más viva. Su celular empezó a sonar, ya reconocía el número, era la cuarta vez que llamaban de la compañía telefónica ofreciéndole los mismos planes y ventajas, decidió no ignorarlos sino contestar, empezó a gemir fuertemente, plácidamente y cuando pareciera que ya toda la sábana estaba lo suficientemente húmeda en su imaginación colgó, estaba sola, en un cubículo de la tierra, nadie estaba pisando el mismo suelo que ella en ese instante, podía usar ese espacio a su complacencia y sentirse cómoda en esa minúscula soledad.

Los arboles parecían mas chicos, sus cinco centímetros de más la hacían ver el mundo desde otra perspectiva, se subió sobre un anden, vio pasar la gente, sintió envidia por quienes caminaban con la altura que había conseguido. Si tan solo el anden caminara con ella, pero también se alegró porque sus pies cabían en su cama y no tenía que debatirse si taparse los dedos o el pecho con la cobijita que tenía en el sofá. Pego un brinquito sintiendo que ese pequeño gesto la podía acercar a su niñez pero eso agudizo el dolor de los dedos, a los niños no les duelen los dedos, andan descalzos, para ellos la arena representa el mejor cosquilleo. Ella preferiría no salir del mar a untarse los pies, ella prefería caminar sobre el agua y no tener que secarse nunca.

Entonces se bajó del anden, se quitó los tacones y sintió como si sumergiera los pies en el ir y venir de las olas a la orilla del mar, movió un poco los dedos, el asfalto la hizo sentir más cómoda que la arena y se sintió liviana. Estiró cada minúscula articulación y descubrió movimientos que no sabía podía hacer. Imaginó que la marea subía y se olvidó de las medias, sintió que los tobillos se sumergían también y comenzó a llorar. Era la primera vez que podía llorar, antes todo estaba atascado en diferentes partes del cuerpo que movía sin parar, intentando sacudirlas para ver si brotaba algo, y no podía. A veces en la ducha desarticulaba la cara y fruncía el ceño, intentaba simular un llanto desconsolado, pero nada, le tocaba pretender que las gotas que caían por su cara eran saladas, tan saladas como el agua que recorría ahora sus rodillas. Sonrió.

El agua le llegaba a la cintura empezaba a develar la disolvencia de la sangre. Eran pequeñas gotas, que se difuminaban entre la sal, intentó agarrarlas con los dedos para olerlas pero ahí se desdibujaba todo, cuando intentaba palparlo, observó entonces, imaginando una herida provocada por un coral. Recordó la palabra violencia.

La calma, la bella calma del mar, de la marea, de las olas, pintadas de rojo por porciones, ahora le llegaba a los hombros y puso la cabeza un poco hacía arriba para que no le tocara la cumbamba. El agua no salpicaba, ni la sangre. Sintió que ese momento podía asemejarse a la violencia, el pretender ese control, sabiendo que pronto el agua iba a llegar a la boca y la nariz, estaba estática, en una acción de disfrute que ahora parecía incontrolable. El mar es placentero hasta que su líquido se mezcla con el líquido de los ojos y arde, y pican y lloran. Pero no ese llanto plácido que la hacía sonreír porqué le recordaba que muy dentro todavía su cuerpo se permitía fluir sino un llanto proporcionado por algo involuntario, reacción de rechazo instantáneo, violencia.  

Ya no podía respirar, su pelo flotaba, le gustaba el reflejo del sol en las divisiones, cada vez se alejaba más la luz, el agua crecía y la angustia. Miró hacía abajo y  vio toda la sangre salir de su vientre, de su pequeño vientre violentado, que se había negado a crecer y hacerse parte de otra existencia que pisaría esa porción de piso a su vez, y ella quería ser la única en esa minúscula soledad.



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