Jugar
Siento en la punta de mi nariz la leve ventisca de un jueves que pasó hace varios años, tengo el recuerdo de lo insostenible que era llevar un par de orejas que iban perdiendo su color y no sentían nada. Recuerdo, a lo lejos el coro desafinado de voces conocidas unidas por una misma canción, que se repetía cada semana con el mismo desafine. En ese entonces no tenía noción del tiempo, flotaba junto con la nieve y parecía que cada instante fuera eterno, estaba rodeada de todo lo que más quería y todo lo que siempre había querido y lo que faltaba no hacía notar su ausencia.
En un parpadeo, lo que dura un bostezo, el rechine de una silla acomodándose de vuelta en su lugar, todo se torna a lo sorpresivo pero no inesperado. Estoy ahora sintiendo una pesada ventisca en mi nariz que se confunde con lo estático del lugar y la falta de aire, en realidad se siente como si tan poco movimiento hubiera juntado varias partículas en un mismo lugar y las siento pesadas sobre un mismo punto que las sostiene. Intento ahuyentarlas con un soplido pero lo único que logro es refrescar mi frente. Estoy sentada, pensando en aquél jueves y deseando estar ahí. Aquí, todo tiene más redundancia y entre a jugar seriamente el juego del amor, antes no lo conocía, o simplemente no me hacía falta, ahora lo conozco y siento su ausencia en su presencia y fatiga, pesa, cansa.
Ésta ciudad, la de los pobres corazones, me contagia con su melancolía, a la vez, me permite liberarme, me hace sentir mis frustraciones mientras me aleja de lo cotidiano y me intenta llevar por rutas desconocidas que me ponen una y otra vez en el mismo lugar. Hoy, sentía el suelo cálido y a la gente fría, luego todo se fue humedeciendo y la gente empezó a sonreír. Estuve jugando a que en cada esquina tenían que elegir un color, cada uno codificado previamente me llevaba o hacía el frente, o hacía la izquierda o hacía la derecha, caminé alrededor de la misma cuadra casi dos veces porque todos elegían el azúl, hasta que alguien habló de la pasión y gire a la derecha, por el rojo. Jugué a intercambiar un globo por algo y ver hasta donde me llevaba, terminé con un libro de yoga después de haber pasado por encendedores, monederos, un esmalte, porro, un condón, pinzas de depilar y un libro cósmico, y puedo sonreír por eso, porque mi vida no se estanca en mi inestabilidad y mi sentimiento constante de soledad y ausencia de un amor que simula estar presente.
Duermo sola hace dos días, o tres, ya no recuerdo, antes era extraño no sentir el calor de otro cuerpo a mi lado, de su cuerpo, cada vez se hace más llevadero, la inestabilidad se mide por la cantidad de lágrimas que caen de mi cuerpo, se resbalan por mis brazos, por mis mejillas, por mi cuello, o se quedan deslizándose por adentro y se pasean por mis órganos y los contagian de malestar, y quiero dormir todo el día pero dormir me cansa, cansa tanto que desearía tener pequeños seres caminando por mi cuello.
Salir corriendo no es una opción, perdí mi estado físico hace varios meses, y juro ponerme en forma cada fin de año. Me imagino saltando en cámara lenta mientras se marcan los músculos de mis glúteos y mis piernas y no se mueve más la grasa de mi brazos. También prometí saber francés a este punto y batería y baile y yoga y muchas cosas más, tiempos de promesas aquellos en los que 12 uvas me caben en la boca y lo peor me las puedo tragar, una por una sin necesitar de nadie apretándome la cintura para que una uva salga volando y se estalle contra el cuadro de hace 100 años de mi tia abuela y todos piensen "por lo menos puede respirar"
Hace poco viaje a mi tierra, mi calurosa tierra, donde la pesadez sobre la nariz no la siento como acá, allí corre una ventisca tropical que acaricia los poros sin hacerles daño y que mima mi par de orejas lastimadas por el frío de aquél jueves, mi tierra, donde todos sonríen y yo bailo sin cesar, donde estoy rodeada de calor, afecto y voces altas, con volúmenes atroces que me llenan todita por dentro y me hacen sentir viva.
Me encantaría combinar esa brisa de mi tierra con el coro desafinado de aquél jueves y los juegos del ahora, me gustaría no jugar tan seriamente al amor y que lo ausente no se haga presente como ese día, me gustaría poder saber todas las cosas que fui tragándome con cada uva y me gustaría intercambiar mis tristezas por globos para empezar a jugar otra vez.
En un parpadeo, lo que dura un bostezo, el rechine de una silla acomodándose de vuelta en su lugar, todo se torna a lo sorpresivo pero no inesperado. Estoy ahora sintiendo una pesada ventisca en mi nariz que se confunde con lo estático del lugar y la falta de aire, en realidad se siente como si tan poco movimiento hubiera juntado varias partículas en un mismo lugar y las siento pesadas sobre un mismo punto que las sostiene. Intento ahuyentarlas con un soplido pero lo único que logro es refrescar mi frente. Estoy sentada, pensando en aquél jueves y deseando estar ahí. Aquí, todo tiene más redundancia y entre a jugar seriamente el juego del amor, antes no lo conocía, o simplemente no me hacía falta, ahora lo conozco y siento su ausencia en su presencia y fatiga, pesa, cansa.
Ésta ciudad, la de los pobres corazones, me contagia con su melancolía, a la vez, me permite liberarme, me hace sentir mis frustraciones mientras me aleja de lo cotidiano y me intenta llevar por rutas desconocidas que me ponen una y otra vez en el mismo lugar. Hoy, sentía el suelo cálido y a la gente fría, luego todo se fue humedeciendo y la gente empezó a sonreír. Estuve jugando a que en cada esquina tenían que elegir un color, cada uno codificado previamente me llevaba o hacía el frente, o hacía la izquierda o hacía la derecha, caminé alrededor de la misma cuadra casi dos veces porque todos elegían el azúl, hasta que alguien habló de la pasión y gire a la derecha, por el rojo. Jugué a intercambiar un globo por algo y ver hasta donde me llevaba, terminé con un libro de yoga después de haber pasado por encendedores, monederos, un esmalte, porro, un condón, pinzas de depilar y un libro cósmico, y puedo sonreír por eso, porque mi vida no se estanca en mi inestabilidad y mi sentimiento constante de soledad y ausencia de un amor que simula estar presente.
Duermo sola hace dos días, o tres, ya no recuerdo, antes era extraño no sentir el calor de otro cuerpo a mi lado, de su cuerpo, cada vez se hace más llevadero, la inestabilidad se mide por la cantidad de lágrimas que caen de mi cuerpo, se resbalan por mis brazos, por mis mejillas, por mi cuello, o se quedan deslizándose por adentro y se pasean por mis órganos y los contagian de malestar, y quiero dormir todo el día pero dormir me cansa, cansa tanto que desearía tener pequeños seres caminando por mi cuello.
Salir corriendo no es una opción, perdí mi estado físico hace varios meses, y juro ponerme en forma cada fin de año. Me imagino saltando en cámara lenta mientras se marcan los músculos de mis glúteos y mis piernas y no se mueve más la grasa de mi brazos. También prometí saber francés a este punto y batería y baile y yoga y muchas cosas más, tiempos de promesas aquellos en los que 12 uvas me caben en la boca y lo peor me las puedo tragar, una por una sin necesitar de nadie apretándome la cintura para que una uva salga volando y se estalle contra el cuadro de hace 100 años de mi tia abuela y todos piensen "por lo menos puede respirar"
Hace poco viaje a mi tierra, mi calurosa tierra, donde la pesadez sobre la nariz no la siento como acá, allí corre una ventisca tropical que acaricia los poros sin hacerles daño y que mima mi par de orejas lastimadas por el frío de aquél jueves, mi tierra, donde todos sonríen y yo bailo sin cesar, donde estoy rodeada de calor, afecto y voces altas, con volúmenes atroces que me llenan todita por dentro y me hacen sentir viva.
Me encantaría combinar esa brisa de mi tierra con el coro desafinado de aquél jueves y los juegos del ahora, me gustaría no jugar tan seriamente al amor y que lo ausente no se haga presente como ese día, me gustaría poder saber todas las cosas que fui tragándome con cada uva y me gustaría intercambiar mis tristezas por globos para empezar a jugar otra vez.
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