la mar
Es incompatible el sentimiento, subidas y bajadas que no se
estancan y provocan desazón. Alguna vez escuché en el fondo de la habitación
una promesa, la validez de tus palabras, el ensueño, la melancolía. Soy incapaz
de proyectar noches sin cruzarte los pies en la cama, mañanas de café con leche
renegadas, tardes de pesquisas bajo las sábanas. Soy incapaz de proyectar
tranquilidad y sigo atada a la desazón de tus palabras enredadas en vino.
Asumir sería la nueva tarea, son más las lágrimas que rebotaron en el suelo que
las risas en las paredes. El corazón late atado a sueño del mañana que se
derritió. Late ardiente, sulfurado de llanto, late pesado, carga el dolor y se
atiene a su gravedad que presiona al pecho hacía el suelo, a convertirse en
posición fetal, temblar de frío. Asumir cordura, la razón no logra explicar la
decisión y se contempla a sí misma haciéndose amiga de la imaginación, que
juega a la pelota con el gato blanco y proyecta imágenes esperanzadas en el lóbulo
frontal. Mis pies estrenan zapatos vino-tinto, color sangre de toro perseguido
y atrapado, color derrota de la victima que luchó hasta caer fatigada y
agradecida con la muerte. Mis pies caminan y se marcan en las esquinas, asumir
la posición del zapato, no ceder. Afuera el frío alimenta mi pereza, mi
tristeza, mi adormecimiento, tengo un café que siente lástima y no me quita el
sueño, quiere verme dormir, soñar, tengo la culpa de faltar a la
responsabilidad. Tengo su rostro a forma de caleidoscopio dando vueltas por mi
mente, suenan las pepitas golpeándose contra las paredes y los restos de saliva
de los vasos abandonados logran dibujar su ausencia. Son tres elefantes que no se miran y se aman,
hay pinceles tiesos que acompañan mis disculpas, una foto nuestra y una bandera
de Turquía, el soldado celebrando su victoria, acabó con la vida de alguien y
lo celebra, celebra contar más muertos del bando enemigo, yo celebro seguir
viva y con ganas, no sé todavía de que, tal vez del café, que me entrecierra
los ojos, o ganas de nadar bajo el mar con el sol quemándome la piel y la sal molestándome
los ojos. Se van deshaciendo los retazos de paciencia y se desdibuja la imagen
que asegura que todo va a estar bien entre nosotros, subidas y bajadas que se
anclan y no permiten respirar con entusiasmo, siempre el rezo oculto "que
no vuelva a pasar" y la frustración cuando pasa. Enrollar la frustración
en papel de tabaco, y fumarla para que se convierta en humo y salga volando por
el balcón de mi casa, y vuele y callé al gato de la vecina y vuele y espante el
frío y vuele y me traiga el mar.
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